|
Miguel Montezanti (Universidad Nacional de La Plata) Este artículo pretende hacer justicia a un ensayo parcamente citado en el mundo anglohablante en el área de los estudios de traducción. Se trata de "Miseria y esplendor de la traducción", de José Ortega y Gasset, publicado hace más de sesenta años.(1) Las fechas muestran que habrían de transcurrir otros veinte años hasta que McFarlane hiciera contribuciones decisivas en el campo de la traducción, propiciando una forma de estudio "diagnóstico antes que exhortativo", es decir, aclarando qué es lo que se debe esperar y qué es lo que no se puede esperar de una traducción.(2) Entre los autores de este siglo mencionados en el volumen colectivo Theories of Translation (3) sólo el artículo de Walter Benjamin es anterior al de Ortega, el cual por otra parte se adelanta a los ensayos "clásicos" como el de Vladimir Nabokov (1955), el de Roman Jakobson (1959) y el de Peter Szondi (1971).(4) Intento mostrar que la precedencia de Ortega no es sólo cronológica sino conceptual, frente a posiciones modernas llamadas de "extranjerización", "exogenización", "exotización", etc. 1. La forma expositiva de Ortega dista de la sequedad académica de nuestros días: Ortega se mueve entre perplejidades, paradojas y apologías; no habla como técnico de la traducción sino que la enfoca como una de sus tantas preocupaciones filosóficas. El ir y venir de la traducción en el ámbito filosófico, pedagógico o gnoseológico, le da al ensayo un carácter de apertura, toda vez que la traducción aparece mucho más relacionada con un horizonte del saber que con una praxis o con una teorización restringidas. Por eso el emplazamiento de Ortega dentro de la teoría de la traducción requiere por momentos de apoyos que nacen de la filosofía del lenguaje. Desde esta perspectiva, algunas ideas expuestas en el ensayo revelan precedencia con respecto a uno de los postulados de Quine.(5) Así, cuando el ensayista considera la traducción como un afán utópico y la inscribe entre los emprendimientos irrealizables del hombre, prefigura la indeterminación radical de Quine. El interpelado del ensayo orteguiano manifiesta que incluso el acto de hablar la lengua materna es un ejercicio utópico. En la página 442 dedica un párrafo de diecisiete líneas a convencer de que el lenguaje es una "valla infranqueable" a la transfusión de la totalidad de lo que pensamos; que es ilusorio creer que uno podría decir lo que piensa. Discute la aptitud de una definición del hablar como una actividad que permite hacer manifiesto el pensamiento. Señala que, salvo en el orden de las matemáticas, el lenguaje es torpe y confuso. Su formulación cumple con el vaticinio paradójico que había realizado, porque ahora infiere que el callar es más claro que el hablar: "Dóciles al prejuicio inveterado de que hablando nos entendemos, decimos y escuchamos tan de buena fe que acabamos por malentendernos mucho más que si nos ocupásemos de adivinarnos". Si el lenguaje pone trabas al pensamiento, y si pensar es hablar consigo mismo, entonces el malentendido está enquistado en el mismo acto y empeño de pensar. Al indicar que la lengua no sólo pone dificultades a la expresión, sino que "estorba la recepción de otros", al insistir en la ingenuidad de Meillet, quien "como lingüista conoce sólo la lengua de los pueblos, pero no los pensamientos", la reticencia del bizarro expositor orteguiano adelanta lo que de modo más teórico postula Quine en Palabra y objeto y en La relatividad ontológica y otros ensayos. Quine habrá de formular precisiones que permiten caracterizar su teoría como de intraducibilidad, que es el extremo del pesimismo en materia de traducción. Partiendo de la hipótesis de un lingüista que se enfrenta con una lengua de la cual no sabe nada, "cumplida esta necesaria tarea de lexicógrafo...ha vertido nuestro punto de vista ontológico en el lenguaje nativo...Ha debido decidir, aunque arbitrariamente, la manera de acomodar la concepción castellana de la identidad y la cuantificación en la versión nativa". (6) Al impugnar la noción del "museo", o sea la idea que los significados tienen sus nombres como etiquetas, Quine lanza la hipótesis de dos traducciones de una expresión clara en una lengua nativa: nunca podría saberse si una de las traducciones es correcta y la otra no. De allí su célebre imagen, la de marineros obligados a reparar la nave en alta mar, sin poder hacer puerto para hacer un arreglo a fondo: la imagen, incluida en Word and Object, indica que sólo podemos hacer correcciones parciales a nuestras teorías. Tratándose de un caso de indeterminación intralingüística, la posición de Quine puede confrontarse con el ensayo de Ortega: el interlocutor míster Z pregunta al expositor si no exagera al declarar la equivocidad raigal del lenguaje (página 442); mientras que, un poco antes, otro interviniente lo ha acusado de matar la traducción (página 437). Sin embargo existen diferencias entre Ortega y Quine, pues el segundo exalta la noción de la perpetua incertidumbre acerca de la corrección o error de una traducción.(7) Por su parte, el expositor del ensayo de Ortega resalta "las miserias del traducir" para dar más realce a lo que llama "el posible esplendor del arte de traducir" (página 437), una fraseología que permite atisbar no sólo la traducibilidad sino también entusiasmo y virtud en la tarea. Habiendo hablado de dos clases de utopismos, el expositor de la parte V del ensayo declara, en efecto, la intraducibilidad total, si se entiende la traducción "como una manipulación mágica en virtud de la cual la obra escrita en un idioma surge súbitamente en otro" (página 449). En otros términos, no es imposible la traducción bajo condición de que se tenga de ésta un concepto más afinado que el que se tiene comúnmente. Estas distinciones del expositor revelan un mejoramiento de la posición del traductor frente al objeto por traducir con respecto a la posición desesperanzada de Quine. Naturalmente, tanto el pensamiento del hablante orteguiano como de quien formula la indeterminación radical –y todos aquellos que discurren sobre la incapacidad del lenguaje – emplean el lenguaje para darse a conocer. Descuentan, en consecuencia, que al menos por un momento ha dejado de ser ilusorio creer que se va a poder decir lo que se piensa, dado que en este aserto el lenguaje transmitiría lo que el articulista piensa. Esta es una aporía, pero veré más delante de qué modo intenta resolverla Ortega y Gasset. El paso siguiente del expositor orteguiano, destinado a mostrar cómo las lenguas establecen "con carácter absoluto diferenciaciones que en realidad sólo son relativas" (página 446), tiene que ver con los realia, o los vacíos semánticos. Se trata del argumento incontrovertible acerca de la variedad de voces con que cuentan algunas culturas para designar objetos relevantes para ellas mismas, tales como los tipos de nieve, de camellos, de palmeras, etc. Esta riqueza, volcada en traducción, ha de convertirse en necesario empobrecimiento. El hablante de Ortega dice así: "No sólo hablamos en una lengua determinada, sino que pensamos deslizándonos intelectualmente por carriles preestablecidos a los cuales nos adscribe nuestro destino verbal" (página 447). El pensamiento es desolador, pero en todo caso fiel al programa paradójico que adelantaba: al axioma casi indiscutido de que la lengua sirve para comunicarse, el disertante orteguiano le opone el que sigue: "las lenguas nos separan e incomunican" (página 447). La prisión del lenguaje, tema de la lírica amatoria de tiempos remotos (el tópico de la Unsagbarkeit) y de formulaciones más especulativas, como las de Derrida, cerca fatalmente el ámbito de nuestros pensamientos.(8) Pero entonces resalta la traducción, que intenta remediar la incomunicación que producen las lenguas. Y en efecto, a pesar de unos antecedentes tan poco entusiastas, el expositor se lanzará en el punto V a persuadir sobre el esplendor de la traducción.(9) 2. En el párrafo V de su artículo, Ortega pone en boca de su expositor una referencia al ensayo de Schleiermacher, "Sobre los diferentes métodos de traducir". Este ensayo es cabalmente pivote del libro de Lawrence Venuti, The Translator’s Invisibility.(10) El primer movimiento descripto por el teólogo alemán, a saber, el desplazamiento del autor el lenguaje del lector, no le merece al disertante el calificativo de traducción; lo reconoce como paráfrasis o imitación.(11) Como es de esperar, adjudica el carácter propio de traducción al movimiento opuesto, o sea el que impulsa al lector a vérselas con los hábitos lingüísticos del autor. Venuti nos ha familiarizado con las expresiones domesticación-extranjerización. Pero el ejemplo de Ortega (o de su protavoz) va bastante más allá. La invitación a una vasta empresa de traducción de los griegos y los latinos, pasa por un interés en sus errores, más que en sus aciertos, o si se quiere, en sus errores magistrales. El error de los antiguos, percibido y revelado por los traductores, es un camino para "educar la óptica (del hombre) para la verdad humana, para el auténtico ‘humanismo’" (página 450). El planteo vertebrador de la obra de Venuti es que la estrategia de la extranjerización puede conmover los cánones y las agendas locales, las convenciones estéticas, las ideologías y hasta las políticas. Venuti ve la extranjerización en lo que puede llamarse la sociología de la traducción; Ortega la ve en la pedagogía. Lo que en Venuti es conmoción o perturbación de un orden social, es en Ortega conmoción y perturbación de un orden personal, precario e indigente por carencia de confrontación con el otro. En Venuti podrían alterarse relaciones de poder, en Ortega se altera el horizonte cognoscitivo y estético del hombre. Es claro que estas direcciones son desplazamientos del énfasis más bien que términos excluyentes Sin embargo, ir a lo profundo del hombre es condición necesaria para que éste revea las relaciones ideológicas, estéticas, hegemónicas. El portavoz del artículo orteguiano adelanta que el lector debería vérselas con algo no fácil de leer ni literariamente bello, pero eso mismo lo hará "transmigrar dentro del pobre hombre Platón". La modernidad, dice, no requiere de los antiguos pragmáticamente: esa necesidad ha caducado, y lo que ahora impera es captar de los antiguos aquello que los hace antiguos, exóticos y diferentes.(12) La urgencia que el expositor orteguiano exhibe a fin de retraducir (de acuerdo con su concepto, realizar verdaderas traducciones, y no pseudotraducciones) los textos de la antigüedad, puede aparearse con el programa que sostiene Venuti. Dice el expositor español: "La traducción físico-matemática tiene que ser integrada por una auténtica educación histórica [...] que requiere [...] un viaje al extranjero, que es otro tiempo muy remoto y otra civilización muy distinta" (página 449). Y poco después: "adquirir conciencia histórica y de sí mismo y aprender a verse como error, son una misma cosa" (página 450). Venuti dice: "[Foreignizing translation] is highly desirable today, a strategic cultural intervention in the current state of world affairs [...]. Foreignizing translation in English can be a form of resistance against ethnocentrism and racism, cultural narcissism and imperialism, in the interest of democratic geopolitical relations" (página 20). Sin entrar a discutir hasta qué punto "democrático" y "geopolítica" son términos compatibles, hay que reconocer que las semejanzas son significativas: cuando Ortega emprende una cruzada a favor de discernir el sentido histórico y erróneo del hombre, Venuti proclama una resistencia contra el etnocentrismo y el racismo: el lenguaje de Venuti es más incisivo y revela un mayor impacto de las ideologías. También coinciden en que ésta es una urgencia singular de "nuestros tiempos" (no, acaso, de otros): Ortega, porque debemos aprender de la disimilitud (página 451); Venuti, porque ambiciona un cambio en el estado actual de cosas, dominado por las naciones hegemónicas de habla inglesa (página 20). Pero el planteo de Venuti es predominantemente rebelde hacia una condición: la preponderancia de los Estados Unidos y del Reino Unido en una agenda uniformante que exige transparencia y fluidez, que acepta halagadoramente ser traducida, pero parcamente incorporar obras traducidas. El expositor orteguiano, al dirigirse a un "auténtico ‘humanismo’, haciéndole ver bien de cerca el error que fueron los otros y sobre todo, el error que fueron los mejores", (página 450) cala más hondo, aunque los resultados de uno y de otro sean análogos. 3. El último capítulo en el libro de Venuti, "Call to action", aboga por una traducción opaca: la traducción debe ser leída como traducción y no como original. El lingüista orteguiano subraya que la traducción es un género literario en sí mismo, distinto de lo traducido, "un camino hacia la obra". La noción orteguiana, de que la traducción no pretende "jamás repetirla o sustituirla" (página 449), es probablemente el punto más incisivo del ensayo y demuele en cuatro palabras una vasta crítica comparatista de "ganancias y pérdidas" en el llamado "producto" traducido. Nuevamente, si la traducción es "un camino", es esperable que en algún punto el expositor mencione otros caminos: lo hace en la página 450 cuando afirma que "caben de un mismo texto diversas traducciones". La pretensión de dar cabida a distintos aspectos del texto, por ejemplo los formales, demandaría variedad de traducciones que, de una manera un poco análoga a los pedazos rotos de la vasija de Wittgenstein, conducirían a formarse idea más cabal del texto de partida: "Por eso será preciso repartirse el trabajo y hacer de una misma obra traducciones divergentes según las aristas que queramos traducir con precisión".(13) Venuti propone un plan análogo, aunque en un lenguaje más técnico: "[...] a foreign text is the site of many different semantic possibilities that are fixed only provisionally in any one translation [...]. Meaning is a plural and contingent relation" (página 18). Lo de Ortega está latente en Venuti. Pero ese "manos a la obra" del ensayista ibérico mueve a pensar en la urgencia con que veía la necesidad cultural de concretar un plan de traducciones, es decir un programa pedagógico, algo que en Venuti es más bien un caveat a la hora de comparar traducciones en función de determinados patrones, por ejemplo el de "error lingüístico". 4. El punto siguiente es el interés que ambos teóricos demuestran en prestigiar la labor del traductor. En el caso del español, esto es doblemente valioso, porque su ensayo ha comenzado por describir las miserias de la traducción y sus utopismos. Al finalizar el artículo se extraña de que los filólogos no se obliguen a traducir de manera auténtica (o sea, "exotizante") una obra antigua. Y declara: "es preciso renovar el prestigio de esta labor y encarecerla como un trabajo intelectual de primer orden". Acto seguido extiende esta empresa de la traducción a las obras de cualquiera otra época o pueblo. La disciplina así encarada "segregaría una técnica propia que aumentaría fabulosamente nuestra red de vías inteligentes" (página 451). Por su parte, el estadounidense denuncia a lo largo de su libro el prejuicio de la invisibilidad del traductor: la presencia autoral es ilusoria en la traducción, por más que se siga viendo la traducción como producto derivativo y falsificado (pp. 39 y ss., 307 y ss.). 5. Las razones estéticas que harían recomendable una traducción extranjerizante son rumbos divergentes para los dos tratadistas: el personaje que cierra el artículo de Ortega, presumiblemente él mismo, dice: "Es cosa clara que el público de un país no agradece una traducción hecha en el estilo de su propia lengua (...) Lo que agradece es lo inverso: que llevando al extremo de lo inteligible las posibilidades de su lengua transparezcan en ella los modos de hablar propios del autor traducido" (página 452): esto sirve de comentario a la propuesta del lingüista galo, su interlocutor, quien ha conjeturado "cierto valor estético" en las traducciones así realizadas. Venuti no muestra interés en defender estéticamente las traducciones; pero en el comentario a la versión homofónica de Catulo hecha por los Zukofsky (1991) subraya una operación que suelta el remanente de la lengua, es decir sus componentes marginales, arcaicos, "slang", dialectales. El inglés (como lengua) se compone de una variedad de "ingleses" (dialectos y discursos) que vuelven a la vida en la traducson de los Zukofsky. Venuti, sin embargo, no se hace ilusiones en cuanto al placer de la lectura de estas traducciones. Dice que la traducción de los Zukofsky "is obviously more opaque, frustratingly difficult to read on its own" (pp. 215-216). Creo que lo mismo ocurre, en general, con las traducciones exotizantes, y que la declaración del autor español en el sentido opuesto no deja de ser una manifestación de deseos. Hay que admitir, pese a las declaraciones entusiastas del expositor del ensayo español, que una traducción escabrosa desalienta a la mayoría de los lectores y sólo encuentran complacencia en ella quienes, gracias a una preparación especial, pueden percibir los recursos infrecuentes de que se echa mano para producir la "exotización". Pero nuevamente sobresale el carácter pionero del ensayo de Ortega, no sólo por la observable precedencia histórica, sino porque al centrar el problema en el hombre más que en las relaciones de poder, su invitación a asumir la otredad adquiere un carácter de conversión dentro del individuo. 6. Quedan dos cuestiones que son las más paradójicas del ensayo orteguiano. La primera es que esta suerte de diálogo cuasi socrático pone frente a frente a un expositor español con unos interlocutores franceses. ¿Por qué franceses? La segunda cuestión es que no toda la que llamaré provisoriamente doctrina orteguiana está en boca del expositor español, y que aun si fuera así, la autoría de Ortega se estaría desdoblando en un personaje aparentemente innecesario: es éste un procedimiento inusual en el género del ensayo, donde normalmente se identifica al ensayista con el autor. ¿Por qué Ortega acude a esta forma de polifonía? La primera cuestión halla respuesta en la frase que cierra el ensayo: "de todas las lenguas europeas, la que menos facilita la tarea de traducir es la francesa..." (puntos suspensivos en el original). El expositor español se confronta con un cenáculo de franceses a causa del prestigio de los lingüistas de origen francés, a causa del celo proverbial de los franceses por la pureza de su lengua, por el acatamiento que inspira la Academia Francesa y también, claro está, por una tradición de traducciones sumamente serviciales, por ejemplo las de los clásicos reunidos en la colección de Belles Lettres. El expositor sostiene que la paradoja irrita a los franceses (página 440) y lo que él presenta como ideario es paradójico: es como si a sabiendas de la estirpe sorprendente de sus ideas, quisiera contrastarlas precisamente con aquellos que más resistencia ofrecen para aceptarlas. En cuanto a la otra cuestión, me he adelantado a él con fórmulas perifrásticas: "el expositor", "el portavoz", "el interlocutor", el disertante". Los grandes núcleos temáticos del ensayo orteguiano se distribuyen así: la disquisición acerca de las dificultades ("la miseria") está a cargo de un participante español ante unos profesores del Colegio de Francia. Hay un interlocutor innominado, francés, que actúa como catalizador de los aspectos explicados. También está a cargo del participante español el segundo tópico a propósito de los utopismos, y el tercero, que bajo el acápite "Sobre el hablar y el callar" discute el problema de la paradoja, con intervenciones de "míster Z", de "el historiador del arte", etc. Pero el punto IV, "No hablamos en serio", que es el más audaz, o sea la exposición acerca del condicionamiento que impone el lenguaje, está a cargo de un lingüista que es probablemente parte del Colegio Francés. Luego de una intervención del primer hablante, le corresponde al "lingüista" todo el encomio de la traducción (el "esplendor"), que forma el punto V. Cierra el ensayo quien lo empezó, y lo hace para expresar su concordancia con el lingüista. Es decir que, grosso modo dividido el ensayo, cuenta con dos exposiciones: la del (presuntamente) español, páginas 433-444, y la del francés, páginas 445-452. O sea, corresponden unos dos tercios al español y un tercio al francés. Las relaciones entre ambos son cordiales, no carecen de ironía y hasta de humor. Por ejemplo, el español ha hablado de las limitaciones del vasco, que no tenía una palabra para designar a Dios (página 444), de lo que infiere que es por eso que los vascos tardaron tanto en convertirse al cristianismo. El francés critica la elección del ejemplo "porque es cuestión muy batallona". El español azuza a su público diciéndole que aguardaba un escándalo entre sus oyentes; por otra parte el lingüista galo le señala que cuando los españoles dicen "miel sobre hojuelas" probablemente no tienen idea de lo que son las hojuelas (página 454). En fin, el español describe con algún humorismo la pausa del lingüista francés , quien "quedó con la punta de la nariz señalando un vago cuadrante del cielo". Creo que Ortega y Gasset ha refugiado en esta polifonía, o al menos bifonía, el carácter explorador de su ensayo sobre la traducción. Si lo comparamos con otro, por ejemplo su conocida "Meditación del marco", es clara la diferencia. ¿A qué viene, por ejemplo, que el "excelente lingüista de la nueva generación" desestime el ejemplo del vasco? ¿Por qué se deslizan pullas alternativas sobre los españoles y los franceses? Caben dos respuestas. La primera es una necesidad de entretenimiento: la forma narrativo-dialógica sería más amena que la secamente expositiva. La segunda, de más fuste, es que Ortega y Gasset ha recurrido al viejo artilugio del ventriloquismo para encender la discusión sobre el tema que lo apasiona, sin querer aventurar toda su personalidad a favor de una posición irreductible. Siendo esto así, el ensayo podría ser visto también como una inquietante mise en abîme. En efecto, el hablante lamenta tener que callar cuatro quintas partes "de lo que se me ocurre porque son en español y no se pueden decir buenamente en francés" (página 443); aunque lo más probable es que esté hablando en francés con los franceses. Del mismo modo, leemos el artículo en español, lengua a la que el hablante ha vertido lo que el lingüista galo le habría dicho en francés (a menos que hubieran hablado en español, lo que tampoco soluciona el problema), y el francés (como lengua) es "la que menos facilita la tarea de traducir". El ensayo tiene un poco del juego de los espejos. Quienes citan al pensador español afirmando "Ortega dice", "Ortega sostiene", pueden ser víctimas de un espejismo.Este artículo pretende hacer justicia a un ensayo parcamente citado en el mundo anglohablante en el área de los estudios de traducción. Se trata de "Miseria y esplendor de la traducción", de José Ortega y Gasset, publicado hace más de sesenta años. Las fechas muestran que habrían de transcurrir otros veinte años hasta que McFarlane hiciera contribuciones decisivas en el campo de la traducción, propiciando una forma de estudio "diagnóstico antes que exhortativo", es decir, aclarando qué es lo que se debe esperar y qué es lo que no se puede esperar de una traducción. Entre los autores de este siglo mencionados en el volumen colectivo Theories of Translation sólo el artículo de Walter Benjamin es anterior al de Ortega, el cual por otra parte se adelanta a los ensayos "clásicos" como el de Vladimir Nabokov (1955), el de Roman Jakobson (1959) y el de Peter Szondi (1971). Intento mostrar que la precedencia de Ortega no es sólo cronológica sino conceptual, frente a posiciones modernas llamadas de "extranjerización", "exogenización", "exotización", etc. 1. La forma expositiva de Ortega dista de la sequedad académica de nuestros días: Ortega se mueve entre perplejidades, paradojas y apologías; no habla como técnico de la traducción sino que la enfoca como una de sus tantas preocupaciones filosóficas. El ir y venir de la traducción en el ámbito filosófico, pedagógico o gnoseológico, le da al ensayo un carácter de apertura, toda vez que la traducción aparece mucho más relacionada con un horizonte del saber que con una praxis o con una teorización restringidas. Por eso el emplazamiento de Ortega dentro de la teoría de la traducción requiere por momentos de apoyos que nacen de la filosofía del lenguaje. Desde esta perspectiva, algunas ideas expuestas en el ensayo revelan precedencia con respecto a uno de los postulados de Quine. Así, cuando el ensayista considera la traducción como un afán utópico y la inscribe entre los emprendimientos irrealizables del hombre, prefigura la indeterminación radical de Quine. El interpelado del ensayo orteguiano manifiesta que incluso el acto de hablar la lengua materna es un ejercicio utópico. En la página 442 dedica un párrafo de diecisiete líneas a convencer de que el lenguaje es una "valla infranqueable" a la transfusión de la totalidad de lo que pensamos; que es ilusorio creer que uno podría decir lo que piensa. Discute la aptitud de una definición del hablar como una actividad que permite hacer manifiesto el pensamiento. Señala que, salvo en el orden de las matemáticas, el lenguaje es torpe y confuso. Su formulación cumple con el vaticinio paradójico que había realizado, porque ahora infiere que el callar es más claro que el hablar: "Dóciles al prejuicio inveterado de que hablando nos entendemos, decimos y escuchamos tan de buena fe que acabamos por malentendernos mucho más que si nos ocupásemos de adivinarnos". Si el lenguaje pone trabas al pensamiento, y si pensar es hablar consigo mismo, entonces el malentendido está enquistado en el mismo acto y empeño de pensar. Al indicar que la lengua no sólo pone dificultades a la expresión, sino que "estorba la recepción de otros", al insistir en la ingenuidad de Meillet, quien "como lingüista conoce sólo la lengua de los pueblos, pero no los pensamientos", la reticencia del bizarro expositor orteguiano adelanta lo que de modo más teórico postula Quine en Palabra y objeto y en La relatividad ontológica y otros ensayos. Quine habrá de formular precisiones que permiten caracterizar su teoría como de intraducibilidad, que es el extremo del pesimismo en materia de traducción. Partiendo de la hipótesis de un lingüista que se enfrenta con una lengua de la cual no sabe nada, "cumplida esta necesaria tarea de lexicógrafo...ha vertido nuestro punto de vista ontológico en el lenguaje nativo...Ha debido decidir, aunque arbitrariamente, la manera de acomodar la concepción castellana de la identidad y la cuantificación en la versión nativa". Al impugnar la noción del "museo", o sea la idea que los significados tienen sus nombres como etiquetas, Quine lanza la hipótesis de dos traducciones de una expresión clara en una lengua nativa: nunca podría saberse si una de las traducciones es correcta y la otra no. De allí su célebre imagen, la de marineros obligados a reparar la nave en alta mar, sin poder hacer puerto para hacer un arreglo a fondo: la imagen, incluida en Word and Object, indica que sólo podemos hacer correcciones parciales a nuestras teorías. Tratándose de un caso de indeterminación intralingüística, la posición de Quine puede confrontarse con el ensayo de Ortega: el interlocutor míster Z pregunta al expositor si no exagera al declarar la equivocidad raigal del lenguaje (página 442); mientras que, un poco antes, otro interviniente lo ha acusado de matar la traducción (página 437). Sin embargo existen diferencias entre Ortega y Quine, pues el segundo exalta la noción de la perpetua incertidumbre acerca de la corrección o error de una traducción. Por su parte, el expositor del ensayo de Ortega resalta "las miserias del traducir" para dar más realce a lo que llama "el posible esplendor del arte de traducir" (página 437), una fraseología que permite atisbar no sólo la traducibilidad sino también entusiasmo y virtud en la tarea. Habiendo hablado de dos clases de utopismos, el expositor de la parte V del ensayo declara, en efecto, la intraducibilidad total, si se entiende la traducción "como una manipulación mágica en virtud de la cual la obra escrita en un idioma surge súbitamente en otro" (página 449). En otros términos, no es imposible la traducción bajo condición de que se tenga de ésta un concepto más afinado que el que se tiene comúnmente. Estas distinciones del expositor revelan un mejoramiento de la posición del traductor frente al objeto por traducir con respecto a la posición desesperanzada de Quine. Naturalmente, tanto el pensamiento del hablante orteguiano como de quien formula la indeterminación radical –y todos aquellos que discurren sobre la incapacidad del lenguaje – emplean el lenguaje para darse a conocer. Descuentan, en consecuencia, que al menos por un momento ha dejado de ser ilusorio creer que se va a poder decir lo que se piensa, dado que en este aserto el lenguaje transmitiría lo que el articulista piensa. Esta es una aporía, pero veré más delante de qué modo intenta resolverla Ortega y Gasset. El paso siguiente del expositor orteguiano, destinado a mostrar cómo las lenguas establecen "con carácter absoluto diferenciaciones que en realidad sólo son relativas" (página 446), tiene que ver con los realia, o los vacíos semánticos. Se trata del argumento incontrovertible acerca de la variedad de voces con que cuentan algunas culturas para designar objetos relevantes para ellas mismas, tales como los tipos de nieve, de camellos, de palmeras, etc. Esta riqueza, volcada en traducción, ha de convertirse en necesario empobrecimiento. El hablante de Ortega dice así: "No sólo hablamos en una lengua determinada, sino que pensamos deslizándonos intelectualmente por carriles preestablecidos a los cuales nos adscribe nuestro destino verbal" (página 447). El pensamiento es desolador, pero en todo caso fiel al programa paradójico que adelantaba: al axioma casi indiscutido de que la lengua sirve para comunicarse, el disertante orteguiano le opone el que sigue: "las lenguas nos separan e incomunican" (página 447). La prisión del lenguaje, tema de la lírica amatoria de tiempos remotos (el tópico de la Unsagbarkeit) y de formulaciones más especulativas, como las de Derrida, cerca fatalmente el ámbito de nuestros pensamientos. Pero entonces resalta la traducción, que intenta remediar la incomunicación que producen las lenguas. Y en efecto, a pesar de unos antecedentes tan poco entusiastas, el expositor se lanzará en el punto V a persuadir sobre el esplendor de la traducción. 2. En el párrafo V de su artículo, Ortega pone en boca de su expositor una referencia al ensayo de Schleiermacher, "Sobre los diferentes métodos de traducir". Este ensayo es cabalmente pivote del libro de Lawrence Venuti, The Translator’s Invisibility. El primer movimiento descripto por el teólogo alemán, a saber, el desplazamiento del autor el lenguaje del lector, no le merece al disertante el calificativo de traducción; lo reconoce como paráfrasis o imitación. Como es de esperar, adjudica el carácter propio de traducción al movimiento opuesto, o sea el que impulsa al lector a vérselas con los hábitos lingüísticos del autor. Venuti nos ha familiarizado con las expresiones domesticación-extranjerización. Pero el ejemplo de Ortega (o de su protavoz) va bastante más allá. La invitación a una vasta empresa de traducción de los griegos y los latinos, pasa por un interés en sus errores, más que en sus aciertos, o si se quiere, en sus errores magistrales. El error de los antiguos, percibido y revelado por los traductores, es un camino para "educar la óptica (del hombre) para la verdad humana, para el auténtico ‘humanismo’" (página 450). El planteo vertebrador de la obra de Venuti es que la estrategia de la extranjerización puede conmover los cánones y las agendas locales, las convenciones estéticas, las ideologías y hasta las políticas. Venuti ve la extranjerización en lo que puede llamarse la sociología de la traducción; Ortega la ve en la pedagogía. Lo que en Venuti es conmoción o perturbación de un orden social, es en Ortega conmoción y perturbación de un orden personal, precario e indigente por carencia de confrontación con el otro. En Venuti podrían alterarse relaciones de poder, en Ortega se altera el horizonte cognoscitivo y estético del hombre. Es claro que estas direcciones son desplazamientos del énfasis más bien que términos excluyentes Sin embargo, ir a lo profundo del hombre es condición necesaria para que éste revea las relaciones ideológicas, estéticas, hegemónicas. El portavoz del artículo orteguiano adelanta que el lector debería vérselas con algo no fácil de leer ni literariamente bello, pero eso mismo lo hará "transmigrar dentro del pobre hombre Platón". La modernidad, dice, no requiere de los antiguos pragmáticamente: esa necesidad ha caducado, y lo que ahora impera es captar de los antiguos aquello que los hace antiguos, exóticos y diferentes. La urgencia que el expositor orteguiano exhibe a fin de retraducir (de acuerdo con su concepto, realizar verdaderas traducciones, y no pseudotraducciones) los textos de la antigüedad, puede aparearse con el programa que sostiene Venuti. Dice el expositor español: "La traducción físico-matemática tiene que ser integrada por una auténtica educación histórica [...] que requiere [...] un viaje al extranjero, que es otro tiempo muy remoto y otra civilización muy distinta" (página 449). Y poco después: "adquirir conciencia histórica y de sí mismo y aprender a verse como error, son una misma cosa" (página 450). Venuti dice: "[Foreignizing translation] is highly desirable today, a strategic cultural intervention in the current state of world affairs [...]. Foreignizing translation in English can be a form of resistance against ethnocentrism and racism, cultural narcissism and imperialism, in the interest of democratic geopolitical relations" (página 20). Sin entrar a discutir hasta qué punto "democrático" y "geopolítica" son términos compatibles, hay que reconocer que las semejanzas son significativas: cuando Ortega emprende una cruzada a favor de discernir el sentido histórico y erróneo del hombre, Venuti proclama una resistencia contra el etnocentrismo y el racismo: el lenguaje de Venuti es más incisivo y revela un mayor impacto de las ideologías. También coinciden en que ésta es una urgencia singular de "nuestros tiempos" (no, acaso, de otros): Ortega, porque debemos aprender de la disimilitud (página 451); Venuti, porque ambiciona un cambio en el estado actual de cosas, dominado por las naciones hegemónicas de habla inglesa (página 20). Pero el planteo de Venuti es predominantemente rebelde hacia una condición: la preponderancia de los Estados Unidos y del Reino Unido en una agenda uniformante que exige transparencia y fluidez, que acepta halagadoramente ser traducida, pero parcamente incorporar obras traducidas. El expositor orteguiano, al dirigirse a un "auténtico ‘humanismo’, haciéndole ver bien de cerca el error que fueron los otros y sobre todo, el error que fueron los mejores", (página 450) cala más hondo, aunque los resultados de uno y de otro sean análogos. 3. El último capítulo en el libro de Venuti, "Call to action", aboga por una traducción opaca: la traducción debe ser leída como traducción y no como original. El lingüista orteguiano subraya que la traducción es un género literario en sí mismo, distinto de lo traducido, "un camino hacia la obra". La noción orteguiana, de que la traducción no pretende "jamás repetirla o sustituirla" (página 449), es probablemente el punto más incisivo del ensayo y demuele en cuatro palabras una vasta crítica comparatista de "ganancias y pérdidas" en el llamado "producto" traducido. Nuevamente, si la traducción es "un camino", es esperable que en algún punto el expositor mencione otros caminos: lo hace en la página 450 cuando afirma que "caben de un mismo texto diversas traducciones". La pretensión de dar cabida a distintos aspectos del texto, por ejemplo los formales, demandaría variedad de traducciones que, de una manera un poco análoga a los pedazos rotos de la vasija de Wittgenstein, conducirían a formarse idea más cabal del texto de partida: "Por eso será preciso repartirse el trabajo y hacer de una misma obra traducciones divergentes según las aristas que queramos traducir con precisión". Venuti propone un plan análogo, aunque en un lenguaje más técnico: "[...] a foreign text is the site of many different semantic possibilities that are fixed only provisionally in any one translation [...]. Meaning is a plural and contingent relation" (página 18). Lo de Ortega está latente en Venuti. Pero ese "manos a la obra" del ensayista ibérico mueve a pensar en la urgencia con que veía la necesidad cultural de concretar un plan de traducciones, es decir un programa pedagógico, algo que en Venuti es más bien un caveat a la hora de comparar traducciones en función de determinados patrones, por ejemplo el de "error lingüístico". 4. El punto siguiente es el interés que ambos teóricos demuestran en prestigiar la labor del traductor. En el caso del español, esto es doblemente valioso, porque su ensayo ha comenzado por describir las miserias de la traducción y sus utopismos. Al finalizar el artículo se extraña de que los filólogos no se obliguen a traducir de manera auténtica (o sea, "exotizante") una obra antigua. Y declara: "es preciso renovar el prestigio de esta labor y encarecerla como un trabajo intelectual de primer orden". Acto seguido extiende esta empresa de la traducción a las obras de cualquiera otra época o pueblo. La disciplina así encarada "segregaría una técnica propia que aumentaría fabulosamente nuestra red de vías inteligentes" (página 451). Por su parte, el estadounidense denuncia a lo largo de su libro el prejuicio de la invisibilidad del traductor: la presencia autoral es ilusoria en la traducción, por más que se siga viendo la traducción como producto derivativo y falsificado (pp. 39 y ss., 307 y ss.). 5. Las razones estéticas que harían recomendable una traducción extranjerizante son rumbos divergentes para los dos tratadistas: el personaje que cierra el artículo de Ortega, presumiblemente él mismo, dice: "Es cosa clara que el público de un país no agradece una traducción hecha en el estilo de su propia lengua (...) Lo que agradece es lo inverso: que llevando al extremo de lo inteligible las posibilidades de su lengua transparezcan en ella los modos de hablar propios del autor traducido" (página 452): esto sirve de comentario a la propuesta del lingüista galo, su interlocutor, quien ha conjeturado "cierto valor estético" en las traducciones así realizadas. Venuti no muestra interés en defender estéticamente las traducciones; pero en el comentario a la versión homofónica de Catulo hecha por los Zukofsky (1991) subraya una operación que suelta el remanente de la lengua, es decir sus componentes marginales, arcaicos, "slang", dialectales.(14) El inglés (como lengua) se compone de una variedad de "ingleses" (dialectos y discursos) que vuelven a la vida en la traducson de los Zukofsky. Venuti, sin embargo, no se hace ilusiones en cuanto al placer de la lectura de estas traducciones. Dice que la traducción de los Zukofsky "is obviously more opaque, frustratingly difficult to read on its own" (pp. 215-216). Creo que lo mismo ocurre, en general, con las traducciones exotizantes, y que la declaración del autor español en el sentido opuesto no deja de ser una manifestación de deseos. Hay que admitir, pese a las declaraciones entusiastas del expositor del ensayo español, que una traducción escabrosa desalienta a la mayoría de los lectores y sólo encuentran complacencia en ella quienes, gracias a una preparación especial, pueden percibir los recursos infrecuentes de que se echa mano para producir la "exotización". Pero nuevamente sobresale el carácter pionero del ensayo de Ortega, no sólo por la observable precedencia histórica, sino porque al centrar el problema en el hombre más que en las relaciones de poder, su invitación a asumir la otredad adquiere un carácter de conversión dentro del individuo. 6. Quedan dos cuestiones que son las más paradójicas del ensayo orteguiano. La primera es que esta suerte de diálogo cuasi socrático pone frente a frente a un expositor español con unos interlocutores franceses. ¿Por qué franceses? La segunda cuestión es que no toda la que llamaré provisoriamente doctrina orteguiana está en boca del expositor español, y que aun si fuera así, la autoría de Ortega se estaría desdoblando en un personaje aparentemente innecesario: es éste un procedimiento inusual en el género del ensayo, donde normalmente se identifica al ensayista con el autor. ¿Por qué Ortega acude a esta forma de polifonía? La primera cuestión halla respuesta en la frase que cierra el ensayo: "de todas las lenguas europeas, la que menos facilita la tarea de traducir es la francesa..." (puntos suspensivos en el original). El expositor español se confronta con un cenáculo de franceses a causa del prestigio de los lingüistas de origen francés, a causa del celo proverbial de los franceses por la pureza de su lengua, por el acatamiento que inspira la Academia Francesa y también, claro está, por una tradición de traducciones sumamente serviciales, por ejemplo las de los clásicos reunidos en la colección de Belles Lettres. El expositor sostiene que la paradoja irrita a los franceses (página 440) y lo que él presenta como ideario es paradójico: es como si a sabiendas de la estirpe sorprendente de sus ideas, quisiera contrastarlas precisamente con aquellos que más resistencia ofrecen para aceptarlas.(15) En cuanto a la otra cuestión, me he adelantado a él con fórmulas perifrásticas: "el expositor", "el portavoz", "el interlocutor", el disertante". Los grandes núcleos temáticos del ensayo orteguiano se distribuyen así: la disquisición acerca de las dificultades ("la miseria") está a cargo de un participante español ante unos profesores del Colegio de Francia. Hay un interlocutor innominado, francés, que actúa como catalizador de los aspectos explicados. También está a cargo del participante español el segundo tópico a propósito de los utopismos, y el tercero, que bajo el acápite "Sobre el hablar y el callar" discute el problema de la paradoja, con intervenciones de "míster Z", de "el historiador del arte", etc. Pero el punto IV, "No hablamos en serio", que es el más audaz, o sea la exposición acerca del condicionamiento que impone el lenguaje, está a cargo de un lingüista que es probablemente parte del Colegio Francés. Luego de una intervención del primer hablante, le corresponde al "lingüista" todo el encomio de la traducción (el "esplendor"), que forma el punto V. Cierra el ensayo quien lo empezó, y lo hace para expresar su concordancia con el lingüista. Es decir que, grosso modo dividido el ensayo, cuenta con dos exposiciones: la del (presuntamente) español, páginas 433-444, y la del francés, páginas 445-452. O sea, corresponden unos dos tercios al español y un tercio al francés. Las relaciones entre ambos son cordiales, no carecen de ironía y hasta de humor. Por ejemplo, el español ha hablado de las limitaciones del vasco, que no tenía una palabra para designar a Dios (página 444), de lo que infiere que es por eso que los vascos tardaron tanto en convertirse al cristianismo. El francés critica la elección del ejemplo "porque es cuestión muy batallona". El español azuza a su público diciéndole que aguardaba un escándalo entre sus oyentes; por otra parte el lingüista galo le señala que cuando los españoles dicen "miel sobre hojuelas" probablemente no tienen idea de lo que son las hojuelas (página 454). En fin, el español describe con algún humorismo la pausa del lingüista francés , quien "quedó con la punta de la nariz señalando un vago cuadrante del cielo". Creo que Ortega y Gasset ha refugiado en esta polifonía, o al menos bifonía, el carácter explorador de su ensayo sobre la traducción. Si lo comparamos con otro, por ejemplo su conocida "Meditación del marco", es clara la diferencia. ¿A qué viene, por ejemplo, que el "excelente lingüista de la nueva generación" desestime el ejemplo del vasco? ¿Por qué se deslizan pullas alternativas sobre los españoles y los franceses? Caben dos respuestas. La primera es una necesidad de entretenimiento: la forma narrativo-dialógica sería más amena que la secamente expositiva. La segunda, de más fuste, es que Ortega y Gasset ha recurrido al viejo artilugio del ventriloquismo para encender la discusión sobre el tema que lo apasiona, sin querer aventurar toda su personalidad a favor de una posición irreductible. Siendo esto así, el ensayo podría ser visto también como una inquietante mise en abîme.(16) En efecto, el hablante lamenta tener que callar cuatro quintas partes "de lo que se me ocurre porque son en español y no se pueden decir buenamente en francés" (página 443); aunque lo más probable es que esté hablando en francés con los franceses. Del mismo modo, leemos el artículo en español, lengua a la que el hablante ha vertido lo que el lingüista galo le habría dicho en francés (a menos que hubieran hablado en español, lo que tampoco soluciona el problema), y el francés (como lengua) es "la que menos facilita la tarea de traducir". El ensayo tiene un poco del juego de los espejos. Quienes citan al pensador español afirmando "Ortega dice", "Ortega sostiene", pueden ser víctimas de un espejismo.(17) Notas 1 José Ortega y Gasset, "Miseria y esplendor de la traducción", en Obras Completas,Tomo V. Madrid, Alianza Editorial-Revista de Occidente, 1983, pp. 433-452. Publicado en Buenos Aires por La Nación mayo-junio, 1937. Citaré según la edición mencionada en primer lugar. Con el título "The Misery and the Splendour of Translation" aparece en el volumen colectivo dirigido por Rainer Schulte y John Biguenet, Theories of Translation, Chicago and London, University of Chicago Press, 1992, pp. 93-113. La traducción es de Elizabeth Gambler Miller. 2 John McFarlane, "Modes of Translation", The Durham University Journal 45, 3, pp. 77-93. Aboga por una teoría de la traducción provisional, "in the sense that it should not so much attempt to impact a rigid pattern on the facts as we at present see them but rather serve as a device for the better understanding of them" (pp. 92-93). La provisionalidad dice relación con la traducción considerada como un camino para llegar a la obra, como defiende el portavoz orteguiano en la p. 448. 3 Véase nota 1. 4 Walter Benjamin, "The Task of the Translator", en Rainer Schulte y John Biguenet (véase nota 1), pp. 71-82; Vladimir Nabokov, "Problems of Translation: Onegin in English", ibídem, pp. 127-144; Roman Jakobson, "On Linguistic Aspects of Translation", ibídem pp. 144-151; Peter Szondi, "The Poetry of Constancy: Paul Celan’s Translation of Shakespeare’s Sonnet 105", ibídem. pp. 163-185. 5 Willard O.Van Quine, Word and Object, Cambridge, Massachussets, MIT Press, 1960, p. 27. Hay traducción al español de Manuel Sacristán, Palabra y Objeto, Barcelona, Labor, 1968. 6 Willard O.Van Quine, "Hablando de objetos", en La relatividad ontológica y otros ensayos, trad. Manuel Garrido y Josep Ll. Blasco. Madrid, Tecnos, 1969, pp. 15-16 (énfasis mío). Poco más adelante dice: "No tiene mayor importancia que el lingüista se torne bilingüe y llegue a pensar como lo hacen los indígenas (cualquiera que sea el significado de esto). Porque la arbitrariedad de leer nuestras objetivaciones en la lengua nativa no refleja tanto la inescrutabilidad de la lengua indígena como que no hay nada que escrutar" (p. 17). En un ejemplo Quine propone una palabra de una lengua de la que no supiéramos nada y que se pronunciara ante la presencia de un conejo: no sería posible determinar si la voz designa al conejo, o a una parte de él, o al "estado de conejo", ni siquiera a uno o a varios ejemplares. Las hipótesis que realiza y verifica el lingüista, llamadas hipótesis analíticas, despejarían las ambigüedades. Pero, según Quine, las hipótesis son relativas a los sistemas. Dicho de otro modo, otro sistema podría hacer otras hipótesis igualmente comprobables. Y es que estas hipótesis están fatalmente ligadas a la lengua a la que se pretendería traducir. (ibídem. pp. 50-53) 7 "Relatividad ontológica", ibídem., p. 47. J. Katz ha calificado la teoría de Quine completamente apriorística. Jerrold Katz, Teoría semántica, traducción de Juan García Puente, Madrid, Aguilar, 1979, p. 388. Para una crítica de la tesis de Quine véase también Manuel García Carpintero, Las palabras, las ideas y las cosas, Barcelona, Ariel, 1996, especialmente pp. 464 y ss: también pp. 436 y 460. Dice García Carpintero; "La tesis de la inescrutabilidad de la referencia y de la indeterminación de la traducción una vez interpretadas de manera que se resuelva la paradoja en ellas contenida, ponen de manifiesto el carácter antirrealista de la concepción quineana del significado" (p. 471). 8 Jacques Derrida, "From Des Tours de Babel", en Schulte y Biguenet, véase n. 1, pp. 218-227. 9 Robert de Beaugrande, comentando a Ortega, dice: "the utopia of completely accurate translating should not be used to discredit the whole undertaking, but rather to impel the translator to move forward continually toward a ‘utopian’ version". Robert de Beaugrande, Factors in a theory of poetic translating, Assen (Países Bajos), Van Gorcum, 1978, p. 88. En un alarde de purismo debería hacerse hincapié en la palabra "discredit", que es transparente en "desacreditar", pero que remite por lo menos a "des-creer", con lo que se percibe hasta qué punto "la fe" en la traducción sigue rigiendo el empeño de los traductores. 10 Lawrence Venuti, The Translator’s Invisibility, London and New York, Routledge, 1995. 11 Recuérdese que para R. Jakobson paráfrasis o "rewording" son sinónimos de traducción intralingüística o reformulación. ("En torno a los aspectos lingüísticos de la traducción", en Ensayos de lingüística general. Traducción de Josep M. Pujol y Jem Cabanes. Barcelona, Planeta-Agostini, 1985, pp. 66-77). 12 Para formulaciones semejantes en Venuti, op. cit., pp. 20-23, 149, 220, etc. 13 Creo que la tricotomía famosa de Pound, sería una aplicación del pensamiento del artículo de Ortega a la traducción de poesía. Pound distingue phanopoesie, logopoesie y melopoesie. Estas serían "aristas" de un poema imposibles de retener en su conjunto. El traductor debe optar por aquella arista que le parece más destacada, acaso "traducible". En la propuesta de Ortega otros traductores deberían ofrecernos otras aristas del poema. Sin embargo, predomina entre los lectores la idea de que lo que interesa es saber "qué dice el poema". Ezra Pound, ABC of Reading, New York, New Directions Paperbooks, 1960, p. 63. 14 El concepto de remanente ("remainder") es desarrollado por Venuti en su libro siguiente, The Scandals of Translation, London and New York, Routledge, 1998. 15 Levý compara la disposición predominante en las lenguas eslavas para mantener los rasgos formales del original, con la preferencia francesa por la prosa o por una forma poética nativa. Jirí Levý, Die Literarische Übersetzung. Theorie einer Kunstgattung. Trad. Walter Schamschula. Frankfurt & Bonn, Athenäeum, 1969, p. 30-31. (El libro fue publicado originalmente en checo, en 1963). 16 Esta forma dialógica justificaría, de manera oblicua, la insistencia con que se habla de Platón. 17 Una observación sobre la traducción inglesa del ensayo de Ortega. Donde el español dice "Escribir bien consiste en hacer continuamente pequeñas erosiones a la gramática, al uso establecido, a la norma vigente de la lengua", Gamble Miller traduce "continual incursions". No imagino por qué elige "incursions", que en inglés, como en castellano, sugiere invasión. Omite, sin embargo, la traducción de "pequeñas". Una incursión podría ser "pequeña", al menos en este contexto, de modo que ese significado bélico de despojo o usurpación se suprimiría, para quedar en pie un sentido más tenue, que equivale a "paseo" o a "recorrido". Pero nada se equipara a la voz "erosión", mucho más gráfica y apropiada para lo que Ortega sostiene. |