LA TRADUCCIÓN DE LENGUAS MINORITARIAS: CASO ESPECIAL DEL RUMANO

 Joaquín Garrigós

 

               

La presencia de la literatura rumana en España, en el mundo que habla y lee en español, es bastante irrelevante. Ya en 1936, Mircea Eliade, en carta abierta a Corpus Barga, se quejaba de que en España no se hubiese traducido a ningún autor rumano[1].

En los años cuarenta, se publican algunas traducciones del novelista Liviu Rebreanu, como Ciuleandra y El bosque de los ahorcados, siempre traducidos del francés. Durante los sesenta, la Editorial Losada, de Buenos Aires, publicó algunos títulos de prosa (de nuevo El bosque de los ahorcados) y de poesía (Eminescu y Tudor Arghezi) traducidos por Rafael Alberti y María Teresa León, pero nunca del original rumano.

En los setenta, circularon algunas antologías de poetas rumanos traducidos por el hispanista Darie Novăceanu y una edición fragmentaria de los diarios de Eliade, esta última también del francés.

En los ochenta, el primer volumen de memorias de Eliade y tres de sus relatos breves. En todos los casos, salvo el relato El viejo y el funcionario, la lengua de partida fue el francés.

Ya en los años noventa, a partir de 1994, la publicación de literatura rumana en nuestro país se ha incrementado de modo notable. Aunque, cuantitativamente hablando, sus proporciones son modestas, la lengua de partida es ahora el original rumano. Hasta el momento de redactar estas líneas, quien las suscribe ha publicado veintitrés títulos, y uno más hay en prensa. Aparte de ello, se han publicado un par de títulos más, traducidos del francés. Es decir, se ha invertido la frecuencia de la lengua de partida. En revistas culturales y suplementos literarios de la prensa, tanto de España como de México, en los últimos años han aparecido traducidos todos los artículos y ensayos de Eliade y Cioran escritos en los años treinta y relacionados con la cultura española, los cuales estaban inéditos en otras lenguas, fuera del rumano. También antologías poéticas, ensayos y relatos breves de otros autores, siempre partiendo del original.

Magro resultado. Si, además, tenemos en cuenta que la mayoría de los títulos pertenecen a Mircea Eliade, difícilmente podremos decir que en España haya penetrado la cultura rumana; en todo caso, ha penetrado un autor que, por sus estudios en el campo de la antropología, ya gozaba de renombre universal y al que no había que presentar en ninguna editorial y que ha actuado de locomotora para que entraran otros. Sirvió para que los editores vieran que en un país desconocido como Rumania también se hacía literatura de calidad.

                La escasa difusión de la literatura rumana en nuestro país puede deberse a diversas causas. La primera de ellas sería la falta de relaciones entre ambos países durante la dictadura franquista. También puede haber influido el hecho de que, durante la guerra fría, los rumanos no hayan tenido autores que, junto a sus valores estéticos como escritores, unieran motivos extraliterarios, como la disidencia política, que los hubiesen difundido por Occidente, como ha sido el caso de Ismail Kadaré, Milan Kundera, Milovan Djilas e incluso Soltzenitsin, autores que hayan sobrevivido como tales a la caída del muro. El más importante de los escritores rumanos en el destierro, Mircea Eliade, no abordó la literatura política: puede haber alusiones a la realidad política del momento pero con carácter episódico, nunca como núcleo central de la obra; de hecho, la mayor parte de su obra de exilio se publicó también en la Rumania comunista sin cortes.

                Tampoco creo que haya que descartar como causa el mimo con que era tratado Nicolae Ceauşescu en las cancillerías occidentales por considerarlo una oveja negra dentro de la grey del Pacto de Varsovia; ello motivaba que la disidencia rumana tuviese en Occidente bastante menos resonancia que la de otros países.

Pero, a nuestro juicio, el obstáculo más importante es la escasa difusión del idioma. Decía Cioran que hay pueblos inteligentes pero que por hablar una lengua provinciana están condenados al anonimato. La literatura rumana no es ni mejor ni peor que otra, simplemente es desconocida. Y ello por las razones de lengua que apuntaba el pensador transilvano, ya que el hecho de haber sido escrita en un idioma que apenas rebasa las fronteras del estado rumano le quita posibilidades de expansión. El mismo Eliade, en la citada carta a Corpus Barga, decía que los escritores rumanos vivían en la Edad Media, antes de la invención de la imprenta. A ello hay que sumar las tendencias editoriales actuales de mercantilización de la cultura, las cuales dan primacía a la literatura nacional y a la anglosajona, por ser de más fácil venta, y relegan las demás a la categoría de "periféricas", de modo que la presencia de éstas en el mercado del libro es casi simbólica. Aún resisten algunas editoriales pequeñas o medianas, empeñadas en producir literatura de calidad, pero cuentan con escasos medios, su distribución es, a menudo, defectuosa y sus libros ocupan un espacio de segunda o tercera fila en las librerías.

Añadamos los males endémicos como la escasa afición a la lectura en España y la situación de perpetua crisis económica en los países hispanoamericanos (somos cuatrocientos millones de hablantes, pero no de lectores, de español), lo que da origen a cortas tiradas, y el círculo se cerrará.

Otra razón que contribuye al desconocimiento de la literatura rumana más allá de sus fronteras es su relativa modernidad. Tampoco el italiano es lengua que se extienda fuera de los confines de Italia pero, desde hace siglos, es vehículo de una formidable cultura y muchos de sus autores son referencia obligada de la literatura universal.

Por razones históricas cuya exposición no procede en estas sucintas líneas, la literatura rumana propiamente dicha no nace hasta el siglo XIX. Ese nacimiento marcha al compás del nacimiento de la propia Rumania como estado, que también tiene lugar en la segunda mitad del XIX, y cuando la vieja lengua romance, que la población nunca había dejado de hablar desde la conquista de la Dacia por las legiones de Trajano[2], se moderniza y se transforma en una lengua literaria unitaria, robusta y de enorme expresividad que alcanza su máximo esplendor con Mihail Eminescu (1850-1889), cumbre de las letras rumanas.

No obstante, y por las razones citadas, el de Eminescu es un nombre en letra pequeña en las enciclopedias cuando por la altura de su poesía tendría que figurar como uno de los gigantes del romanticismo europeo. También la falta de buenas traducciones ha impedido su valoración adecuada. Piénsese que hasta 2004 no aparece en España la primera traducción completa de su poesía y directamente del original rumano[3]. Lo mismo podemos decir de otros autores: en 2002 se publicó El lecho de Procusto[4], novela de Camil Petrescu escrita en 1933, considerada una de las cimas de la novelística rumana. A esa distancia temporal, la publicación ya solo tiene un interés histórico y cultural. En ningún caso se va ya a situar convenientemente al autor entre los grandes escritores europeos de su época, pues a un autor hay que valorarlo de forma coetánea a sus escritos.

Precisamente en estas literaturas el papel del traductor es muy relevante, incomparablemente más que en las de lenguas de gran circulación. Las obras literarias escritas en estas últimas se conocen, los editores pueden leerlas y valorarlas. En el caso de las minoritarias, en la mayor parte de los casos, ha de ser el traductor quien se encargue de ir difundiéndolas por las editoriales, haciendo resúmenes y, cuando las hay, procurándose ediciones en idiomas accesibles. Aunque pueda parecer exagerado, el traductor cumple el papel de agente cultural del estado en cuestión, suple la ineficacia de las autoridades culturales de ese país. Y, por supuesto, sin ninguna retribución salvo la esperanza de que algún editor se decida a aceptar alguna de las propuestas que le formule. Es una especie de viajante de comercio cuyo muestrario lo componen las obras sobresalientes de esa lengua y con él va llamando a las editoriales, de puerta en puerta.

Sin una ayuda decisiva de las autoridades culturales rumanas, las posibilidades de que su literatura rompa el corsé lingüístico y se difunda fuera de sus confines, sobre todo en la Europa occidental, meta de todos los escritores, "triunfar en París", es difícil pues, en su mayor parte, es una labor que queda confiada al entusiasmo de los traductores. A lo más que se llega es a que entre algún que otro autor, como es el caso citado de Mircea Eliade, cuya obra literaria está casi toda publicada en España, pero no una literatura.

Esa ayuda debería canalizarse en dos vertientes: una, subvencionando las traducciones de los libros que se consideren obras destacadas y representativas de la literatura rumana, como hacen húngaros y checos, y la segunda formando traductores.

Por lo que al rumano respecta, los traductores son pocos. En el ámbito de la lengua española, salvo casos muy esporádicos, el único es quien esto escribe; eso es todo un síntoma. Lo mismo podemos decir del ámbito lusófono. Dos grandes lenguas que cuentan con un solo traductor para cada una. Según hemos tenido ocasión de constatar en los encuentros internacionales de traductores auspiciados por la Unión de Escritores de Rumania, la mayoría de los traductores a lenguas de circulación en la Europa occidental y en los EE. UU. son rumanos afincados en el extranjero; estos traductores, salvo contadísimas excepciones, jamás podrán competir con un nativo buen conocedor de su idioma materno. En el caso de las lenguas eslavas, se trataba de antiguos estudiantes que, en virtud de acuerdos entre los países del Pacto de Varsovia, habían cursado sus estudios en universidades rumanas. Pero ese trasvase de estudiantes ya no se produce. Y, por último, un dato preocupante común a todos: muy pocos bajarían de los cincuenta años. Si el relevo generacional no se produce, las consecuencias para la difusión de la literatura rumana más allá del Danubio pueden ser catastróficas. Desaparecería o, en el mejor de los casos, quedaría condenada a las retraducciones (generalmente del francés), lo que supondría un golpetazo demoledor a la calidad de la traducción y, por ende, a la adecuada recepción de la obra literaria. Si no se emprende una política seria de formación de traductores, en pocos años se puede llegar al colapso total de la divulgación de la literatura rumana por la falta de ese relevo generacional de traductores.

Una cantera donde se puede trabajar son los lectores de español en Rumania y los profesores del Instituto Cervantes; tienen formación filológica y permanecen varios años en el país, en contacto vivo con la lengua y la cultura, conque pueden aprender bien el rumano y convertirse en buenos traductores, si se los estimula suficientemente. Es menester potenciar al traductor nativo, pues un buen traductor nativo es siempre preferible, al menos en la prosa, a otro que no lo sea, por bien que crea conocer la lengua de llegada.

De momento, nada parece indicar que las autoridades culturales rumanas se hayan tomado en serio el problema y que vayan a abordarlo poniendo dinero sobre la mesa, por lo cual el futuro de su literatura no se presenta muy esperanzador. Hubo un atisbo de esperanza cuando Laurenţiu Ulici presidió la Unión de Escritores de Rumania[5] que, dicho sea de paso, es una entidad privada; entonces se subvencionaron algunas traducciones de obras clásicas rumanas, como la citada novela El lecho de Procusto. Pero Ulici desapareció trágicamente a finales de 2000 y todos sus ambiciosos proyectos quedaron en el olvido.

Y lo aquí expuesto enlaza con otra barrera, a saber, la falta de traducciones suficientes al francés o al inglés. Algo fundamental pues ningún editor español publicará nunca un libro de un escritor, por bueno que le digan que sea, si antes no lo lee.

Como puede apreciarse, es toda una carrera de obstáculos con listones a cuál más alto y que un traductor no puede superar solo por grande que sea su empeño. La solución para que la literatura rumana salga del gueto se resume en una única palabra: dinero. Y pasa por dos momentos: uno, traducir al francés en Rumania, por traductores rumanos, un corpus de obras literarias selectas. No es necesario que sea una traducción magnífica, basta conque sea discreta o incluso mediocre. Tampoco es necesario publicarla, sino tenerla en soporte informático. Los costes serían mínimos. De esta suerte, cuando el traductor quiera proponer el libro X a un editor, le puede acompañar dicha traducción.

Si el editor en cuestión acepta la publicación del libro (y éste sería el segundo paso), compra los derechos e inmediatamente el traductor hace el correspondiente contrato con el organismo pertinente de Rumania y el pago de la traducción puede condicionarse a la aparición del libro en las librerías.

                Todo lo demás, como diría D. Quijote, son "flores de cantueso", marear la perdiz y perder el tiempo. Y con ello se pondría fin al sempiterno lamento victimista, tan caro a muchos rumanos, de que "en Occidente no se interesan por nosotros".



[1] Publicada en español por ABC cultural, Carta abierta al señor Corpus Barga, 1 de diciembre de 2001, trad. J. Garrigós.

 

[2] El primer documento escrito en rumano no aparece hasta 1521. El desfase con el resto de las lenguas románicas es evidente: 842 los juramentos de Estrasburgo; 960 el plácito capuano; ca. 970 las glosas emilianenses. La lengua de la Iglesia ortodoxa y de la cancillería era el eslavón, lengua muerta basada en el búlgaro medio y que cumplió allí el papel que en Occidente tuvo el latín medieval.

 

[3] Ed. Cátedra, Madrid, col. Letras Universales, trad. Dana Giurcă y José Manuel Lucía.

Ed. Celeste, Madrid, trad. J. Garrigós.

 

[5] Téngase en cuenta que, en Rumania, la Unión de Escritores es un poder fáctico en el mundo cultural.