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SUMARIO DEL N.º 18 - Invierno 2001
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- avance -

Conferencia inaugural de Julio Llamazares en las
VIII Jornadas en torno a la Traducción Literaria celebradas
en Tarazona los días 5, 6 y 7 de octubre de 2000.

Julio Llamazares

A quienes, como yo, sólo hablamos un idioma, y no muy bien, la gente que domina más de uno, y no digamos ya tres o cuatro (o catorce, como mi traductor al hebreo), nos produce una enorme admiración. Admiración que va unida a un cierto complejo de inferioridad (el del que se siente ya incapaz, por edad o por la razón que sea, de llegar a hacer lo mismo), por más que, a veces, lo disfracemos de indiferencia o, incluso, de desprecio hacia los idiomas. Es lo del zorro y las uvas o lo del chiste del hijo al que el padre aconsejaba, mientras araban su campo, que estudiase algún idioma, momento en el que llegó junto a ellos un turista. ¿Por dónde se va a tal sitio?, les preguntó éste en inglés. Y, como no le entendieran, se lo repitió en francés. Y, como tampoco consiguió nada, probó a hacerlo en alemán. Y, así, en varios idiomas, hasta que, al ver que todo era inútil, el turista subió al coche y se alejó. "¿Lo ves, hijo, lo importante que es saber idiomas?", le dijo el padre a su hijo. A lo que éste le respondió, convencido: "Pues para lo que le han servido a ése..."

Por tanto, no seré yo, pese a mi analfabetismo idiomático, el que minusvalore el trabajo de los traductores, esos perfectos desconocidos a los que la literatura, sin embargo, debe ser un arte universal, como la música o la pintura. Al contrario, pienso que, sin su existencia, los escritores seríamos los desconocidos. Lo cual no quiere decir que sean tan importantes como algunos de ellos pretenden. Me refiero, claro está, desde un punto de vista estrictamente literario.

Mi experiencia personal, que es la que puedo contar, es, por demás, singular. A mi ignorancia idiomática, que me impide, entre otras cosas, conocer de propia mano la calidad de mis traducciones (salvo, quizá, en portugués y en francés), se une la particularidad de que bastantes de mis traductores han sido a la vez los culpables de que mis libros se publicaran en sus idiomas; quiero decir: que han sido ellos también los promotores de su edición. Lo cual me llena de orgullo y de doble gratitud por su trabajo.

Así, la primera traducción de un libro mío se debió al interés personal de un traductor brasileño, Augusto Massi, al que nunca llegué a conocer en persona, pero que se empeñó en publicar en Brasil mi primera novela, Luna de lobos, a poco de aparecida en España. Y lo mismo me ocurrió con Rami Saari, el traductor de mi obra al hebreo, que conoció esa novela a partir de su traducción al griego y se encargó de traducirla y de buscarle editorial en Israel, o con la húngara Marta Pátak, quien descubrió La lluvia amarilla en uno de sus viajes por España y no paró tampoco hasta verla publicada en su país. Los dos estarán conmigo en la mesa redonda del domingo junto con el griego Konstantinos Paleologos, que llegó a mi literatura como estudiante, escribiendo una tesis sobre mi obra, pero que se ha convertido ya también en mi traductor. Otros, como el francés Raphaël Carrasco o el árabe Talat Sahin, no estarán en esa mesa, pero a su entusiasmo debo haber sido publicado en sus idiomas, lo mismo que al de la china Li Hongquin. Aunque, en el caso de estos dos últimos, su entusiasmo fuera tanto que ni siquiera se acordaron de pedirme permiso para hacerlo.

Por último, ha habido otros traductores que, aunque iniciaron su relación conmigo de un modo profesional, esto es, aceptando el encargo de traducirme de las editoriales para las que trabajaban, se convirtieron con el tiempo en mis mejores propagandistas en sus países, incluso por encima de las propias editoriales. Fue el caso de Billy Böhringer, mi traductor alemán, trágicamente desaparecido hace años sin tiempo de terminar la traducción ya iniciada de Escenas de cine mudo, pero después de haber traducido mis dos novelas anteriores, y es el caso de Iben Hasselbach, la traductora al danés de casi toda mi obra después de que le encargaran traducir Luna de lobos. Con ellos, he tenido una estrecha relación que supera ampliamente la del autor con su traductor.

Así que comprenderán que me considere, al menos en este aspecto, un autor con suerte, no tanto por su trabajo, que no puedo valorar, como por el privilegio de que mis libros hayan caído a menudo en manos de traductores que, aparte de traductores, son también mis amigos y lectores. Cuestiones éstas que no siempre se dan juntas y que estoy convencido de que repercuten en la calidad de una traducción.

Porque lo primero que yo entiendo hay que pedirle a un traductor, aunque sé que no siempre es así, es que el libro que traduce le interese primero como lector. Sé también, porque vivo en este mundo, que sus necesidades materiales les obligan muchas veces a hacer trabajos alimenticios, incluso muy penosos para su voluntad, pero, cuando yo hablo de traducción, me refiero exclusivamente a la literaria, esto es, a aquélla que no sólo se limita a trasladar un texto de un idioma a otro, sino también a trasladar la música del lenguaje y el espíritu poético que late debajo de él. Y esto, evidentemente, requiere más atención y pasión por el trabajo que una traducción técnica.

De todos modos, no seré yo, por las razones ya dichas anteriormente, el que me atreva a esbozar aquí una teoría de la traducción. Yo solamente soy un escritor y ni trabajo consiste en escribir, pero, en función de éste y de mi propia experiencia al ser traducido, sí puedo adelantar algunas claves de lo que espero de mis traductores y, de otros, como lector.

Lo primero que espero de mis traductores (también lo he dicho ya antes) es que mi libro les interese primero como lectores. Si no es así, prefiero que rechacen el encargo, incluso que el libro no se traduzca. Cumplida la vanidad de ver el propio nombre en otro idioma, cosa que yo he alcanzado hace tiempo, uno aspira a que la obra a la que tanto esfuerzo ha entregado sea tratada como merece; esto es: como un texto en el que alguien dejó parte de su vida.

Lo segundo a lo que uno aspira (como escritor y como lector) es a que sus traductores sean fieles al texto original. Lo cual, dicho así, podrá parecerle a algunos una evidencia, pero no siempre lo es, habida cuenta, entre otras cosas, de la tendencia que algunos traductores tienen a mejorar el libro que traducen. Para bien y para mal, el responsable de lo que escribe es el escritor y el traductor debe limitarse a servir de intermediario entre aquél y los lectores de su idioma, sin añadir nada de su cosecha.

Por último, lo que yo pido a mis traductores, junto con que les interese el libro y sean fieles a él, es que cuenten conmigo al traducirme. Sé que a veces es difícil, incluso que hay escritores que, por soberbia o pereza, o por la razón que sea, se niegan a colaborar con ellos, pero yo pienso que quien mejor conoce el verdadero espíritu de su obra es el escritor y sólo él puede explicarles la clave de algunos párrafos e incluso el sentido de algunos términos. Sobre todo, si, como el que les habla ahora, utiliza a menudo palabras localistas e imágenes literarias de difícil o dudosa traducción.

Mi experiencia en este tema es muy esclarecedora. Cuando yo escribí Luna de lobos -- como La lluvia amarilla o Escenas de cine mudo--, no era consciente de la gran cantidad de palabras que había utilizado en ellas y que, pese a que para mí eran de uso normal, resultaban ser un enigma para la mayoría de mis lectores. Palabras alusivas, sobre todo, a las labores del campo y a los aperos utilizados en ellas y a la vegetación y la climatología. Palabras que, por la evolución de la sociedad española, han ido cayendo en desuso.

El primero que me lo hizo notar, aparte de algún lector conocido, fue Billy Böhringer, mi traductor alemán. Aparte de sus problemas para traducir palabras que nombraban objetos o lugares, como trillo o salegar, que no existen en Alemania, y por lo tanto no tienen nombre, su mayor dificultad estribaba, según él, en encontrar los nombres de algunas plantas o accidentes geográficos de los que se citaban en la novela. No porque no existieran en Alemania, que sí existen, sino porque en España misma cambian de nombre en cada región. Por fortuna, Billy Böhringer era un profesional y lo que hizo fue venirse conmigo hasta los escenarios de la novela y así pudo contemplar sobre el terreno, no sólo los objetos y las plantas que tantos quebraderos de cabeza le habían dado hasta ese instante, sino, también, conocer los lugares reales y hasta algunos personajes en los que se inspiraba aquélla. Lo cual le facilitó, según él mismo me dijo, enormemente la traducción y a mí, de paso, me ahorró el esfuerzo de intentar explicarle por teléfono o por carta en qué se diferenciaban las urces de los piornos o el bieldo de la guadaña. Sé que, siendo lo ideal, esa posibilidad (que yo siempre les ofrezco, como mi mejor colaboración posible, a todos mis traductores: viajar con ellos a los lugares en los que se desarrolla el libro) no está al alcance de todos (por desgracia, su trabajo sigue estando mal pagado), pero, a cambio, siempre pueden consultar con el autor el verdadero sentido de una palabra. Normalmente, así sucede, o así me ha ocurrido a mí, aunque no en todos los casos, lo que me permite también a mí saber hasta qué punto un traductor se interesa por hacer bien su trabajo o, simplemente, cumple con el encargo. Las dos posturas son respetables (cada persona tiene sus circunstancias), pero, personalmente, prefiero saber que mi traductor hace de mi novela algo suyo y se toma su trabajo como lo que verdaderamente es: la traslación de un texto a otro idioma, con todo lo que comporta.

A este respecto, les contaré un secreto. Como algún autor novel que, cuando deja su manuscrito para leerlo, tiende trampas al lector para saber si lo hace (como cambiar de orden algunas páginas, extraviar alguna, etc.), yo tengo un truco, que no una trampa, para saber sí mis traductores se han tomado su trabajo en serio. Sé que no siempre es fiable (alguno habrá que lo haya comprendido por su cuenta), pero creo que es muy ilustrativo de lo que estoy diciendo.

Se trata, en La lluvia amarilla, de la última frase de la novela. Es, sin duda, para mí, la mejor frase del libro y la única, también, que yo no he escrito. Se la escuché a una vieja ancaresa, en los confines de Lugo y León, en una noche de ventisca. El fotógrafo que me acompañaba y yo estábamos haciendo un reportaje para un periódico sobre los pueblos aislados por la nieve aquellos días y nos marchábamos ya de la aldea en la que aquélla vivía. Anochecía y la mujer nos dijo: "¿Cómo se van a ir ahora, que les va a coger la noche por el camino?". "¿Y qué pasa porque nos coja la noche?", le pregunté yo, extrañado. A lo que ella me respondió, mirándome con misterio: "La noche queda para quien es".

Aquella frase se me quedó grabada. Hasta tal punto que la recuperé más tarde para poner el broche final a mi reportaje y, años después, para el de mi novela La lluvia amarilla. Cuando el protagonista-narrador acaba su discurso y quizá su vida, lo hace con esa frase: "La noche queda para quien es". Una frase tan abstracta como su propia articulación lingüística. ¿Para quién es la noche? ¿Para los muertos? ¿Para los lobos? ¿Para las almas en pena?

Esa frase, lo sé por experiencia, les ha creados muchos problemas a todos mis traductores. Todos, sin excepción, en uno u otro momento, se han dirigido a mí para que se la explicase o para que les dijera al menos lo que quería expresar con ella. Les preocupaba saber lo que realmente significaba, máxime teniendo en cuenta que es la que cierra el libro. Por eso, cuando me llega una traducción, voy directamente a ella. y, la verdad, nunca falla. Si el traductor jamás contactó conmigo, cosa que también sucede, lo normal es que esté mal traducida. O asimilan ser a existir, como en la traducción italiana ("La noche queda para quien existe"), cosa que no tiene nada que ver, o confunden su construcción, invirtiendo los términos y, por lo tanto, el sentido: "La noche es para quien queda"; o bien: "La noche queda para quien vive"; o incluso: "La noche queda para sí misma". Cuando la interpretación correcta, apurando todos sus términos y ampliando la frase hasta el final, sería exactamente: "La noche queda para quien es (la noche)". Aunque, evidentemente, es infinitamente más bella y tiene mucha más fuerza como a mí me la dijeron: "La noche queda para quien es".

Esta frase, que yo uso como test, es sólo uno de los ejemplos que aquí podría exponer para ilustrar la importancia que tiene la comunicación entre el autor y su traductor. Porque, si los problemas pueden surgir con la interpretación de una frase o de una simple palabra, bien porque ésta sea dialectal o bien porque esté ya fuera de uso, cuánto más no ocurrirá cuando se trate de imágenes o metáforas poéticas, de las que mis novelas, por cierto, están llenas. Lo cual no quiere decir, como algunos también pretenden, que aquéllas sean adivinanzas de las que el escritor es el único que tiene la solución. Pero sí que éste puede aportar, en muchos casos concretos, una visión más aproximada de su significado o, por lo menos, de su interpretación. Al fin y al cabo, el autor es el único que sabe lo que realmente quiso expresar con ellas.

De todo lo que he explicado, tal vez alguno deduzca que se encuentra ante un autor particularmente sensible a todo lo que concierne a su obra. Nada más lejos de la verdad. A mi natural desidia uno la consideración de que, una vez que la obra se ha terminado, ya no depende de uno lo que suceda con ella. Lo que no quita para que quiera que se lea tal como yo la escribí, de la misma manera que a los traductores les gusta que su trabajo se respete y se edite como está. Por eso, yo defiendo la elección del traductor, siempre que sea posible, igual que defiendo la del cirujano a la hora de operarme o la del médico a la hora de hacerme una revisión. Al fin y al cabo, los traductores son personas que operan igual que éstos, sólo que, en vez de en el cuerpo, lo hacen en el lenguaje.

Hasta ahora, he hablado de lo que yo deseo y espero de mis traductores. Justo es, por tanto, que, a cambio, exija ahora para ellos la consideración y el status profesional que hasta ahora se les niega o escatima normalmente y que serán los que les permitirán hacer mejor su trabajo. Porque de nada sirve exigir un ideal (al traductor o a quien sea; vuelvo al ejemplo del cirujano) si, mientras tanto, éstos siguen siendo los patitos feos de una industria editorial que lo único que quiere es reducir costes, aunque sea muchas veces a cambio del resultado. Por eso, los escritores tenemos una responsabilidad respecto a los traductores. Y ésta no es otra que la de ser los primeros en exigir para ellos respeto en todos los ámbitos, comenzando por el económico y acabando por el intelectual. Porque, mientras los traductores sigan estando, como están, mal retribuidos; mientras que, para las editoriales, dé lo mismo uno que otro; mientras la critica no considere, salvo excepciones, la labor del traductor, mal podremos exigirles nada a éstos, y menos los escritores, que, al fin y al cabo, somos los niños mimados, al menos últimamente, de la industria editorial. Por eso, yo, desde aquí, alzo mi queja por ellos, aunque sé que nadie la oirá, y, por eso, mientras tanto, mientras la realidad y el deseo alcanzan a confluir, cosa que aún está lejos, me temo, les muestro mi reconocimiento, mi admiración y mi gratitud. A los míos y a todos los traductores, esos perfectos desconocidos sin los que, como dije al principio, la literatura sería aún más minoritaria de lo que, por desgracia, ya es en la actualidad.